-¿Qué creés que tiene la abogacía que te conquistó? ¿Por qué elegiste esa carrera?
-La abogacía te motiva siempre que tengas alguna sensibilidad. Uno puede tener varias sensibilidades y yo la tengo frente a las injusticias. Es la herramienta que te permite potenciar tu resistencia y el armamento que tenés frente a ellas. No existe injusticia más dramática que la que se produce en un caso penal en dónde tenés enjaulado a un ser humano. A mí siempre me han motivado mucho las desigualdades, siempre estuve al lado del débil.
-¿Te desilusionó en algo esa elección?
-No, pero tampoco creo que haya sido una ilusión estable. Hay momentos en mi vida profesional que están marcados a fuego y que agradecí al cielo desde ese lugar de formación (que encima me lo dio la educación pública) poder hacer lo que estaba haciendo. Por ejemplo, cuando formé parte de la misión de las Naciones Unidas para la ampliación de derechos humanos en Guatemala luego de la dictadura de Ríos Monnt o cuando siendo fiscal general instalé la idea de las fiscalías barriales que fueron muy importantes para que los fiscales nos acercáramos a la gente. Ahora, si hablamos de desilusiones, las más grandes las viví estos últimos cuatro años.
-¿Por qué?
-Fue la destrucción total. Que te puedan encarcelar solamente por el hecho de que en el gobierno anterior fuiste funcionario es una vergüenza. Fue tristísimo. Los que estuvieron atrás de esto son las grandes corporaciones mediáticas, los grandes grupos financieros que necesitaron de estos cuatro años de impunidad para llevarse un endeudamiento como el que tenemos hoy en el país. Yo espero que no sea una lectura muy K porque la verdad es que siempre fui crítico de la política criminal K pero lo que ha pasado en la gestión anterior ha sido espantoso.
-¿Qué te pasa entonces cuando escuchás declaraciones de funcionarios actuales que afirman por ejemplo que no hay presos políticos en nuestro país?
-Es un error, Alberto Fernández expresó claramente hay presos “ilegítimos”. A mí como abogado con eso me alcanza, porque si son ilegítimos tienen que estar libres. ¿Es casualidad que todos pertenezcan a un mismo sector ideológico y respondan a una misma motivación política? Eso se llama preso político acá y en cualquier parte del mundo. Que el presidente o su entorno busque un eufemismo no es demasiado grave, el problema es que haya presos políticos y no hagamos nada. Ni siquiera se discute.
-En algunos casos los medios jugaron un rol hasta denigratorio. Por ejemplo, la detención de Boudou mostrándolo recién levantado, a medio vestir.
-Lo terrible, además, que está condenado en el Caso Ciccone y cuando analizás lo que significó su actuación podrá ser desprolija, contradictoria y hasta payasesca, pero, ¿qué generó para el Estado? El Estado se quedó de modo gratuito con una imprenta que cuesta 200 millones de dólares; entonces ¿cuál es el perjuicio que le causó Amado Boudou al Estado? Todo lo contrario, es ridículo ese caso y lo conozco bien porque yo fui abogado de Ciccone. Y otro más: la condena a funcionarios por el accidente de Once. Hoy está demostrado que el motorman no frenó, que venía a una velocidad superior a lo permitido, pero nadie lo investigó.
-¿Eso es inoperancia o es manipulación?
-Es mala intención, es un tribunal que debería ser denunciado por prevaricato. Se decidió, con complicidad de los medios, utilizar el Caso Once para desestabilizar a un Gobierno y lo lograron porque, en definitiva, Macri ganó las elecciones en 2015.
-¿Algo parecido ocurrió con el Caso Nisman?
-Ni hablar, otra gran vergüenza. La ex esposa de Nisman –Sandra Arroyo Salgado- se cansó de decir que el disparo que mató al fiscal había sido de atrás hacia adelante y de abajo hacia arriba, que nadie se suicida de ese modo. Pero en la autopsia quedó demostrado que fue un típico disparo suicida. Yo era en ese momento el abogado de Diego Lagormarsino y si no montaba una conferencia de prensa de raje en mi estudio para que pudiera defenderse frente a los medios terminaba preso indefectiblemente. Es triste, pero los medios de comunicación, cuando están en complicidad con los poderes fácticos, mandan. Este es el escenario que nos dejaron y que hay que reconstruir.
-¿Qué tuvo de distinto en comparación al menemismo? Otro momento signado por esto que marcás.
-El menemismo fue desfachatado en un montón de cosas, como por ejemplo en nombrar jueces espantosos que son protagonistas de este último desastre. La diferencia es que el menemismo nunca utilizó el sistema penal para perseguir ideológicamente y encarcelar opositores. Tampoco lo vi en la alianza ni en el kirchnerismo. No había esta cosa de perseguir penalmente.
-Vos fuiste abogado de Carlos Menem en el juicio oral de la Causa Armas y te etiquetaron como “El abogado del diablo”. ¿Cómo te afectó eso?
-El título de aquella nota fue feo e injusto. En aquel momento se me cuestionó mucho desde un punto de vista moral, como que Menem no merecía defensa. A mí me resultó interesante ese debate: yo era un abogado prestigioso, profesor de la facultad, había sido un fiscal más o menos valiente, nadie podía acusarme de deshonesto; la lógica indicaría que con esos mismos valores ejercería la defensa de un expresidente que, pudiendo recurrir a cualquier mecanismo de defensa alejado de la moral, elegía a un abogado que nadie acusaría de inmoral, algo muy positivo para una República. Sin embargo, se me cuestionó. Cierto sector del periodismo debería entender que no está mal defender a alguien, sino juzgar a alguien sin defensa
-¿Qué te pasa a vos con la profesión cuando encendés la televisión y ves abogados penalistas cebando a la opinión pública en medio de casos resonantes?
-Es un espanto, pero hay que diferenciar algunas cuestiones. Uno es el abogado que mediatiza su caso, que va y lo instala porque quiere promoción, aún en desmedro de los intereses de su cliente. Después está el abogado que opina de las causas que están dando vueltas, lo que me parece una irresponsabilidad. Y por último está el abogado de una causa que ya está mediatizada y que sale a defender a su cliente cuando lo están destrozando en los programas.
«Que te puedan encarcelar solamente por el hecho de que en el gobierno anterior fuiste funcionario es una vergüenza. Fue tristísimo. Los que estuvieron atrás de esto son las grandes corporaciones mediáticas, los grandes grupos financieros que necesitaron de estos cuatro años de impunidad para llevarse un endeudamiento como el que tenemos hoy en el país»
Rusconi tiene 54 años y pasó más de la mitad de su vida batallando en distintos juzgados. “No soy un personaje querido por los jueces, pero sí respetado. Igual no me importa que me quieran, me importa que juzguen como tienen que juzgar”, reconoce. Se crió en el barrio porteño de Caballito, en el seno de una típica familia de clase media; ahora vive en el norte de la Provincia de Buenos Aires y asegura que por mucho que lo agote ir y volver desde CABA no cambiaría su lugar de residencia por nada en el mundo. En televisión se lo suele ver confiado, desafiante, convincente y canchero; en persona resulta aún más enfático y apasionado, pero también amable; se presta a la charla sin restricciones, aunque en dos oportunidades se amparará en el “off the reccord”. Tiene una mirada atenta y unos ojos clarísimos que lucen cansados.
-Tu carrera demanda mucho desgaste intelectual pero seguramente también anímico y emocional. ¿Cómo hacés para concentrarte en que solo es tu trabajo?
-Es difícil. El día anterior a ir a un penal no duermo bien, los posteriores tampoco. Sufro. Durante muchos años me pude jactar de no tener clientes detenidos. Ahora por primera vez después de mucho tiempo me encuentro batallando por la libertad de alguien. El día que tengo que ir a un penal trato de no sumarme otras actividades, me cuesta prepararme para eso y me cuesta el momento posterior cuando tenés que despedirte de un preso.
-¿Cómo es?
-Doloroso e incómodo. Vos podés irte cuando querés, pero él no, entonces, ¿en qué momento decís me voy? Tu “me voy” es un cachetazo a la situación del otro. Me cuesta mucho tomar la decisión de irme y así es que me quedo horas.
-¿Cómo repercute ese desgaste en el ámbito familiar?
-Yo intento acomodar mucho de mi vida profesional a cómo quiero que me vean en mi familia; intento que si me pasan cosas durante el día pueda explicárselo a mi hijo y que él esté orgulloso de las acciones que cometí. Aunque parezca mentira para mí es un parámetro ético bastante razonable sobre todo porque los pibes tienen una ética mucho más intuitiva, que funciona. Por eso todo aquello que el estómago de mi hijo de 17 años no pueda soportar para mi es un indicativo de que no estoy en el camino correcto.
«No existe injusticia más dramática que la que se produce en un caso penal en dónde tenés enjaulado a un ser humano»
-En tu profesión, ¿llegaste a dónde querías llegar o superaste tus expectativas?
-Desde todo punto de vista las superé. Nunca imaginé que iba a tener un reconocimiento profesional como el que tengo o llegar al máximo título académico (Doctor) o la máxima jerarquía universitaria (Profesor titular); no por no haber sido formado en un ámbito donde la formación intelectual era importante sino porque no había modo, yo no tenía conocidos, no provengo de familia de abogados, no había mandato. Todo lo que logré fue por haber ido a la universidad pública, por vincularme ahi, por acercarme a mis profesores, mis grandes maestros. El espacio que le dedico hoy a la docencia es un poco por placer y otro poco para devolverle a la UBA todo lo que me dió. A título personal estoy más que satisfecho, no obstante y a nivel global siento que la batalla la perdimos.
-¿Qué batalla?
-Cuando arrancó la democratización de la región en los años ochenta, recuperando nuestras democracias, teníamos muy claro que los tratados internacionales que estaban vigentes en cuestiones de DDHH como el Pacto San José de Costa Rica o la Declaración Universal de Derechos del Hombre eran el piso, nuestro mínimo ético. La sensación entonces era que todo lo que vendría sería mejor y la realidad es que hoy esos tratados lejos de ser un piso son una utopía. Tenemos que darnos cuenta todos (los activistas, la sociedad civil, los organismos de DDHH y, sobre todo, los jueces) que hemos perdido la batalla cultural universal. Luego de una tragedia semejante como la Segunda Guerra mundial encaramos un mínimo ético que hoy es visto como una utopía. Bueno, ¡qué desastre hicimos!
FUENTE REVISTA ALMAGRO

